Capítulo 1
El oxígeno prestado
El zumbido del concentrador de oxígeno era el único pulso constante en la buhardilla: un fuelle seco, mecánico, que escupía aire enriquecido con un chasquido rítmico cada tres segundos. *Shhh-clic... shhh-clic*. Magdalena Ruiz mantenía la punta del portaminas de 0,5 milímetros suspendida sobre el papel vegetal, calculando la carga térmica de una celosía solar en madera laminada de alerce. Quería que la fachada ventilada respirara de forma pasiva, que el tiro natural disipara el exceso de calor sin necesidad de aire forzado. Siempre había diseñado edificios con pulmones propios, estructuras ligeras capaces de autorregularse con la caricia del viento de la sierra. La paradoja no se le escapaba: la casa que proyectaba en el tablero disfrutaba de una ventilación impecable, mientras que su propio pecho se había convertido en un andamio a punto de derrumbarse.
Eran las tres y diez de la madrugada. Afuera, sobre los pinares de Cercedilla, la lluvia de noviembre azotaba los ventanales del techo con un tableteo metálico. Dentro, envuelta en un chaleco de lana gris tres tallas más grande, Magdalena sentía el frío colarse por la juntura del marco norte. Se frotó los dedos largos y rígidos; las uñas mostraban ya ese ribete azulado, esa sombra lívida que los cardiólogos anotaban con fastidio en sus libretas. Al inclinarse dos centímetros más sobre la escuadra, la presión sobre el diafragma le oprimió el pecho y el aire se le quebró en la garganta.
Soltó el lápiz. Su corazón, un músculo exhausto y dilatado que apenas era capaz de mover un hilo de sangre, galopaba a más de cien pulsaciones por minuto en reposo absoluto, desbocado en un intento estéril por alcanzar los extremos de su cuerpo helado. Magdalena apoyó la frente en el canto de madera fría de la mesa. Respiró hondo a través de la cánula de silicona, sintiendo el chorro de dos litros por minuto quemarle la nariz seca, y esperó a que la marea gris del mareo retrocediera despacio. No lloró. Había desterrado las lágrimas hacía más de un año; el llanto consumía un aire que su cuerpo simplemente no podía pagar.
El busca de la Organización Nacional de Trasplantes comenzó a vibrar con una furia chirriante que hizo tintinear las plumillas. Tres pitidos agudos, estridentes y desgarradores cortaron el aire templado del estudio.
*Bip. Bip. Bip.*
Magdalena se quedó inmóvil. El portaminas rodó sobre el plano y cayó al suelo de madera con un chasquido sordo. Durante cuatrocientos diecisiete días había llevado ese aparato pegado a la cintura; se había duchado mirándolo de reojo desde el departamento del baño, lo había colocado cada noche sobre el velador junto al vaso de agua y los frascos de diuréticos, convenciéndose de que jamás sonaría, de que su destino era apagarse en aquella buhardilla como una vela sin corriente.
La pantalla verde parpadeaba en la penumbra:
`URGENCIA TRASPLANTE CARDIACO — DONANTE POTENCIAL IDENTIFICADO — CONTACTAR COORDINACION INMEDIATA — TEL 91 334 22 00`
Un espasmo helado le atenazó el pecho. Las letras parecían quemarle los ojos. La esperanza, que durante meses había sido un lujo venenoso y estrictamente prohibido, la golpeó por dentro con la fuerza de un golpe ciego.
Se puso en pie. El suelo pareció combarse bajo sus pantuflas. Magdalena estiró la mano hacia el teléfono fijo colgado junto a la puerta, esquivando el tubo transparente de cinco metros que la conectaba al compresor. Descolgó el auricular con dedos que temblaban de forma incontrolable y marcó la extensión directa grabada en su memoria desde el día en que firmó el consentimiento.
—Coordinación de trasplantes, doctora Garrido de guardia —respondió una voz femenina al segundo tono, neutra, rápida, afinada por cientos de madrugadas de urgencia.
—Soy... soy Magdalena Ruiz —dijo, y su propia voz le sonó extraña, como un susurro salido de una tubería oxidada—. Mi código es ONT-7704. El busca acaba de pitar.
Al otro lado de la línea se oyó el tecleo rápido en un computador y el crujido de hojas de papel.
—Hola, Magdalena. Mantén la calma y escucha con atención —la voz de la intensivista adquirió una gravedad templada—. Tenemos una donación multiorgánica efectiva en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela. Un traumatismo craneoencefálico en un hombre joven, grupo sanguíneo compatible y contextura física idéntica a la tuya. El equipo de San Jerónimo ya está en pabellón en Galicia. El corazón es viable y vuela hacia Madrid en un vuelo sanitario en menos de dos horas.
Magdalena cerró los ojos. Una punzada dolorosa le atravesó las sienes.
—¿Es... es definitivo? —preguntó, incapaz de retener el temblor.
—Es óptimo, Magdalena. Pero el tiempo corre en contra: no podemos perder un solo minuto antes de que ese órgano empiece a sufrir. En cuarenta y cinco minutos tienes que estar ingresando al área prequirúrgica de San Jerónimo para las pruebas cruzadas de sangre y coagulación. La ambulancia de emergencia ya va saliendo hacia tu casa. No tomes agua, no comas nada sólido y ten el bolso en la puerta. ¿Estás sola en la casa?
—Sí. Estoy sola.
—Entonces destraba la reja de entrada ahora mismo. No queremos que los paramédicos pierdan tiempo forzando la chapa si te llega a bajar la presión. Nos vemos en el hospital, Magdalena.
El tono de llamada cortada zumbó en el auricular. Magdalena colgó el teléfono despacio.
Cuarenta y cinco minutos.
Cayó de rodillas sobre la alfombra.
—Respira, Ruiz... respira —se ordenó en voz baja, clavando las uñas en el tejido áspero.
El concentrador de oxígeno, al límite del tirón de la manguera plástica, comenzó a silbar ahogado. Tenía que pasar al tubo de transporte portátil. Con movimientos torpes y desesperados, abrió el cierre de la mochila metálica, desenroscó la válvula, acopló la manguera verde y abrió el paso. El gas brotó con un chasquido gélido que le congeló las yemas de los dedos. Ajustó la rueda a tres litros y se acomodó la mascarilla sobre la nariz. El oxígeno frío le raspó la garganta con sabor a metal, pero la niebla negra que amenazaba con desmayarla retrocedió un centímetro.
A través del ventanal del living, los destellos azules de las balizas comenzaron a barrer los troncos mojados de los pinos. El aullido de la sirena de la ambulancia se apagó al entrar al camino de tierra, dejando solo el chirrido de los frenos frente al portón exterior.
Llegó a la puerta principal justo cuando unos nudillos golpeaban con fuerza la madera maciza.
—¡Emergencias! ¡Magdalena Ruiz!
Ella estiró el brazo, encontró la manilla de bronce y giró la llave con el último aliento que le quedaba.
La puerta se abrió. El golpe de aire helado de la sierra y la lluvia fina le azotaron la cara al mismo tiempo que dos rescatistas con chaquetones amarillos reflectantes entraban de prisa, cargados con el monitor y la camilla plegable. Magdalena perdió el equilibrio hacia adelante, pero unos brazos firmes la atajaron antes de que tocara el suelo.
—Tranquila, Magdalena, la tenemos —dijo el paramédico, pasándole un brazo bajo los hombros con una calma infinita—. Ya estamos aquí. Despacio.
Magdalena lo miró con los ojos muy abiertos por la falta de aire, apretando la manga reflectante con dedos que ya no respondían.
—San Jerónimo... —alcanzó a susurrar, mientras sentía cómo la levantaban en vilo sobre la lona—. Tienen... tienen mi corazón.
Apenas diez minutos después, la suspensión neumática de la UVI celular absorbía las irregularidades del asfalto con un balanceo sordo. A ciento treinta kilómetros por hora bajo el aguacero, el mundo exterior no era más que una masa líquida y distorsionada: estelas anaranjadas de camiones pesados que cruzaban el parabrisas trasero y el resplandor cobalto de los rotativos de emergencia barriendo las pantallas acústicas de la M-30.
Dentro del habitáculo reinaba una luminosidad quirúrgica y helada. El zumbido de la calefacción de techo luchaba contra la corriente húmeda que se filtraba por la mampara de la cabina de conducción.
—Presión arterial ochenta y cinco sobre cincuenta y cinco —cantó el técnico del soporte vital, ajustando el velcro del manguito automático que se desinflaba con un siseo prolongado en el brazo izquierdo de Magdalena—. Frecuencia cardíaca en ciento doce, rítmica dentro de su extrasistolia habitual. La saturación ha remontado al noventa y cuatro por ciento con la reservorio. Aguanta bien, Magdalena.
Cerró los ojos. El eco de los neumáticos sobre el pavimento encharcado se transformó, en su cabeza, en el rumor lejano de los pasillos del Hospital Universitario San Jerónimo.
Para cualquier otra persona, San Jerónimo era un mastodonte de hormigón setentero, un laberinto de consultas saturadas y olor a café de máquina averiada. Para ella, era su verdadera casa, el paisaje donde se había medido el crecimiento de sus huesos. Recordaba con una nitidez dolorosa los inviernos de su infancia en la cuarta planta de pediatría: el olor a cera de limón en el suelo recién pulido a las seis de la mañana, el traqueteo de los carros térmicos de desayuno y las largas tardes en que, conectada a un gotero con furosemida que parecía no acabarse nunca, dibujaba secciones transversales de presas y puentes atirantados en las servilletas de papel que le subían de la cafetería.
Fue ella quien, cinco años más tarde, cuando Mateo ya dominaba los circuitos de las bombas extracorpóreas y el hospital amenazaba con devorarle la juventud, descubrió cómo miraba a Leonor Méndez en los cambios de turno de la UCI quirúrgica. Recordaba la tarde exacta: esperó a que Mateo entrara en el vestuario de quirófano a dejar su taquilla, atrancó la puerta exterior con el pestillo de limpieza y le pasó una nota doblada en cuatro bajo la ranura: *«O sales y le pides el teléfono a la supervisora Méndez antes de las tres de la tarde, o le digo al jefe de servicio que usas los filtros de hemoconcentración para destilar café turco»*. Mateo había salido rojo como un tomate, pero a las tres y cuarto estaba tomando un cortado con Leonor en la terraza húmeda del pabellón de anatomía patológica.
La sanitaria, una mujer de unos cuarenta años con ojos comprensivos tras unas lentes de marco azul, vio el cambio en su mirada y le apretó con suavidad los dedos enguantados.
—Ya estamos tomando la salida de O'Donnell, Magdalena —le dijo en un tono cálido, casi confidente—. El quirófano cuatro ya está bloqueado para ti y el helicóptero con el órgano tiene pista libre en la azotea. Estás a diez minutos de tu nuevo corazón. Aguanta el último tramo.
Magdalena asintió despacio. La mirada se le aclaró, libre de la niebla gris que la había acompañado durante meses.
—Estoy lista —respondió con un hilo de voz que no vaciló—. Llevo media vida preparándome para este viaje.
La UVI celular dio un volantazo cerrado hacia la izquierda. Las ruedas chirriaron sobre el hormigón rugoso de la rampa subterránea de urgencias de San Jerónimo. El vehículo se detuvo con una sacudida seca, el motor diésel se apagó y las puertas traseras se abrieron de par en par a la noche madrileña. El olor inconfundible del hospital —ozono, caucho mojado, detergente hospitalario y el calor estéril de los conductos de ventilación— entró en una ráfaga envolvente.
Magdalena inhaló aquel aire familiar, cerró los puños sobre las sábanas de la camilla y dejó que la impulsaran hacia la luz blanca de los pasillos.
Capítulo 2
La noche en la autovía
El estruendo de las ruedas de la camilla contra las juntas metálicas de la rampa subterránea resonó con la violencia de un trueno en el túnel de urgencias. Las puertas automáticas de doble batiente se abrieron con un soplido neumático y la ráfaga de calor desinfectado de San Jerónimo envolvió a Magdalena de golpe. El olor era el mismo de toda su vida: una mezcla exacta de alcohol isopropílico al setenta por ciento, povidona yodada, cera industrial en el suelo de terrazo y el ozono seco que desprendían las unidades de esterilización por autoclave. Era un olor duro, químico, pero para ella resultaba más familiar y protector que el aire puro de los pinares de la sierra.
La camilla entró en el pasillo principal a paso ligero. Los camilleros del SUMMA empujaban, mientras la enfermera sostenía en alto la bolsa de solución salina y la bala portátil de oxígeno. Magdalena, incorporada a cuarenta y cinco grados para evitar que la sangre se le estancara en los alvéolos pulmonares, pestañeó bajo los fluorescentes parpadeantes del techo. A esa hora, las cuatro menos cinco de la madrugada, los pasillos de la planta baja estaban desiertos salvo por algún celador empujando un carro de lencería limpia.
Al fondo del corredor, siguiendo la línea amarilla discontinua pintada en el suelo hacia el bloque quirúrgico, dos figuras avanzaban a zancadas.
Al ver la camilla, Mateo se detuvo un segundo en seco. Tragó saliva con fuerza, apretó las mandíbulas para contener el temblor que le descomponía las facciones y reanudó la marcha casi a la carrera.
—¡Frenad ahí, chicos, nosotros nos encargamos del transfer! —gritó Mateo con la voz rota por la adrenalina mientras se colocaba a la izquierda de la camilla.
Sus manos grandes envolvieron la mano derecha de Magdalena. El calor de su piel era denso, firme, un ancla viva en medio de la marea fría que la envolvía. Leonor se inclinó sobre el otro lado, apartándole con infinita dulzura un mechón de pelo sudoroso pegado a la frente.
—Mírate, Ruiz... —soltó Mateo, tragándose las lágrimas tras una mueca que intentaba parecer severa—. Ni para morirte sabes escoger una hora decente. He tenido que dejar a medio calibrar los sensores de la bomba Maquet y salir disparado en la moto con el asfalto helado. Eres una desconsiderada de manual.
Magdalena dejó escapar una risa ahogada bajo la mascarilla de oxígeno, sintiendo cómo el pecho le quemaba con una punzada tibia.
—Llevas diez años viviendo de las rentas gracias a mí, Rivas —consiguió articular con un hilo de voz mordaz—. Si no fuera por la encerrona en el vestuario de quirófanos, todavía estarías soltero, cenando pizza congelada de supermercado y hablándoles a los filtros de diálisis.
Leonor soltó una carcajada limpia que resonó en el pasillo y le plantó un beso sonoro en la mejilla izquierda.
—No le hagas caso, Magda. Cuando sonó la alarma general de la ONT en el busca de Mateo, casi revienta la puerta del garaje. Ha llegado antes que el helicóptero. El quirófano cuatro está reservado, el instrumental para abrir el tórax está en la mesa y los cirujanos se están cambiando ahora mismo.
Un silbido suave y agudo de ruedas de poliuretano sobre el terrazo interrumpió la marcha de la camilla.
Doblando la esquina del control de enfermería a toda velocidad, impulsándose con una pierna mientras equilibraba el cuerpo sobre los talones, apareció una niña de nueve años. Llevaba una sudadera granate de la Universidad Complutense que le llegaba por las rodillas, con las mangas remangadas sobre los antebrazos, una coleta deshecha y los ojos oscuros chispeando de una inteligencia despierta y traviesa. Clavó los topes de goma de sus zapatillas con ruedas, patinando dos metros en seco hasta detenerse exactamente junto al borde de la camilla.
—¡Colomba! —exclamó Leonor, llevándose una mano a la sien en un gesto de reproche exasperado pero impotente—. ¡Te dije que te quedaras en la sala de guardia! ¡No puedes patinar en urgencias con las Heelys!
—Es una emergencia médica de nivel uno, mamá, lo pone en el cartel de la entrada —se defendió la niña sin inmutarse, con una seriedad aplastante de quien se había criado en los boxes del hospital—. Y además, tenía que darle esto a la tía Magda antes de que la anestesien. Si se duerme, ya no sirve.
Colomba sacó del bolsillo de su sudadera una cartulina doblada en cuatro, meticulosamente dibujada con rotuladores de punta fina. Se la puso a Magdalena directamente sobre las manos inertes.
En la portada, trazado con una precisión asombrosa para su edad, se veía un corazón humano de color escarlata, pero atravesado por vigas de celosía de acero, cables tensores como los de los puentes que Magdalena le enseñaba en las maquetas y un par de alas doradas desplegadas hacia el cielo. Debajo, con letras mayúsculas redondeadas y enérgicas, se leía: *«Para mi tía Magda, la mejor arquitecta del universo. Tu corazón nuevo va a aguantar un rascacielos entero de cien plantas. Te presto a mi perro de peluche hasta que te despiertes en la UCI»*.
Magdalena apretó la cartulina contra su bata. El nudo en la garganta se volvió tan espeso que le costó respirar, pero esta vez no era la falta de oxígeno: era la fuerza arrolladora de sentirse amada.
—Es... es el mejor plano que he visto en toda mi carrera, Colomba —susurró Magdalena, rozando con los nudillos la mejilla pecosa de la niña—. Lo voy a colgar en el quirófano para que los cirujanos no se equivoquen de viga.
—Claro que sí, porque ellos solo saben de carne y tú sabes de estructuras —asintió Colomba con convicción absoluta, ofreciéndole el puño cerrado.
Magdalena chocó sus nudillos fríos contra los de la pequeña.
Leonor suspiró, acariciando la cabeza de su hija antes de tomarla suavemente por los hombros para apartarla de la trayectoria de los sanitarios.
—Cariño, vete a la sala de descanso de oncología con Samuel. Dile que te dé un vaso de leche caliente y quédate allí haciendo los problemas de matemáticas. Samuel está estudiando y no quiero verte por los pasillos hasta que amanezca. ¿Me lo prometes?
—Prometido —dijo la niña, retrocediendo dos pasos sobre las ruedas de sus talones con una destreza impecable—. ¡Tía Magda, no te preocupes por el helicóptero! ¡Yo lo vi venir desde la ventana de la terraza y vuela súper rápido!
Leonor le dedicó una última mirada cómplice antes de empujar la camilla con decisión junto a los camilleros hacia la esclusa de aislamiento. Mateo se inclinó sobre Magdalena, apoyando la barbilla casi en la barandilla metálica.
—El equipo extractor ya ha despegado de Lavacolla en el Falcon —le explicó en voz baja, con un tono técnico y seguro que a Magdalena le transmitía una paz infinita—. El avión aterriza en la base de Torrejón en doce minutos y el helicóptero del SUMMA recoge la refrigerador a pie de pista para traerla directa al helipuerto de la novena planta. En menos de media hora el órgano está cruzando esa puerta. Esta vez salimos del pozo, Magda. Te lo juro por mi vida.
Magdalena le buscó la mirada. Sus dedos se cerraron sobre la manga del pijama de Mateo con la poca fuerza que le quedaba en los tendones.
—Mateo... si algo se complica en la máquina... si el miocardio no arranca al despinzar... no te culpes. No cargues con eso. Prométemelo ahora mismo.
Mateo negó con la cabeza con una furia contenida, con esa lealtad incondicional de quien jamás abandonaría a su hermana en la trinchera.
—No se va a complicar una mierda, Ruiz. Yo estoy a los mandos de la perfusión. Voy a cebar esa bomba con el mejor suero de Madrid y te voy a devolver la sangre tan limpia que vas a salir corriendo de aquí. Tú solo preocúpate de respirar.
Las puertas automáticas del Área de Críticos Quirúrgicos se abrieron con un chirrido seco y la camilla se deslizó al interior del Box 4 de Aislamiento Preoperatorio. El sonido del exterior se apagó de inmediato, sustituido por el zumbido constante de los monitores multiparamétricos, las bombas de infusión continua y el flujo laminar del aire filtrado.
La enfermera de anestesia se acercó con el carro de instrumental estéril y un paquete de batas verdes.
Por el altavoz de la megafonía interna, una voz metálica y clara anunció con código de prioridad máxima:
—*Atención, equipo de trasplante cardíaco de guardia: helicóptero sanitario en aproximación final sobre la torre norte. Preparen campo estéril en quirófano cuatro.*
Magdalena cerró los ojos, apretó la tarjeta de Colomba contra el costado y sintió que, por primera vez en catorce meses, la pesadilla de la asfixia estaba a punto de terminar.
Sobre la mesa de acero del Box 4, el frío del acero inoxidable atravesaba la sábana clínica como una lámina de hielo. Magdalena Ruiz mantenía la cabeza girada hacia la izquierda, con la mejilla aplastada contra la almohadilla de plástico duro, mientras la aguja de infiltración dérmica penetraba en el triángulo formado por los dos fascículos del músculo esternocleidomastoideo derecho. La lidocaína ardió como una brasa bajo la piel del cuello.
—Vas a notar una presión sorda, Magdalena. No tragues saliva ni hables un segundo —advirtió la médica adjunta de anestesia, una mujer menuda de ojos concentrados tras una pantalla protectora de policarbonato.
Con destreza rápida, la anestesista canalizó la vía central y fijó la línea arterial para monitorizar el pulso agónico de Magdalena.
Una gasa empapada en antiséptico rojizo de quirófano le barrió el pecho desnudo desde las clavículas hasta el pubis. Los vapores del antiséptico le picaban en la nariz. Magdalena clavó los ojos en las lámparas cialíticas apagadas, respirando despacio mientras esperaba la llegada del helicóptero.
A las cuatro y treinta y cuatro minutos de la madrugada, el forjado de hormigón sobre sus cabezas comenzó a vibrar.
Por el intercomunicador de pared de la esclusa, la voz del cirujano de guardia resonó entre chasquidos de estática:
—*Helitransporte posado en plataforma torre norte. Órgano en custodia del equipo extractor de San Jerónimo. tiempo de traslado contra reloj: dos horas y doce minutos. Procedan a completar el protocolo basal de inducción. El quirófano cuatro entra en esterilidad absoluta.*
Un murmullo de sincronía eléctrica recorrió el box. La anestesista cargó dos ampollas de fentanilo y propofol en las bombas inteligentes, comprobando los límites de perfusión.
—Solo nos queda la sonda vesical de control horario, Magdalena —dijo Leonor Méndez, entrando al cubículo con un campo fenestrado estéril y un paquete cerrado de guantes quirúrgicos—. El protocolo de la ISHLT exige diuresis estricta minuto a minuto durante la circulación extracorpórea. Mateo necesita medir el balance hídrico exacto en la máquina en cuanto entren en bypass.
Magdalena asintió débilmente, cerrando los ojos.
—Haz lo que tengas que hacer, Leonor. A estas alturas ya no me queda pudor que defender.
—Tranquila, cielo. Respira despacio.
Leonor actuó con la pericia impecable de quien llevaba doce años en cuidados críticos. Desplegó el paño estéril, lubricó la cánula de silicona con gel anestésico e introdujo el catéter Foley. Magdalena apretó los dientes ante la punzada de irritación en la uretra, pero el dolor duró apenas un instante. Leonor insufló el balón de retención con diez centímetros cúbicos de agua bidestilada y conectó el extremo a la cámara de medición graduada.
Magdalena esperaba ver fluir el líquido habitual: ese suero amarillo pálido y transparente de quien lleva horas recibiendo perfusiones intravenosas continuas.
El fluido que descendía por el tubo colector no tenía el color del agua clara. Era denso, de un tono ámbar sucio y espeso, con una turbidez lechosa que parecía casi coloidal. A medida que llenaba los primeros cincuenta mililitros de la escala milimetrada, densos grumos blanquecinos y filamentos de sedimento floculento quedaron flotando en la suspensión, enturbiando por completo las paredes del recipiente.
Magdalena la observaba desde la camilla, sintiendo cómo una alarma muda, un presentimiento helado, le reptaba por la nuca.
—¿Leonor? —susurró Magdalena—. ¿Qué pasa?
Leonor no levantó la cabeza. Clavaba los ojos en el cronómetro digital del monitor de pared.
Veinte segundos.
Leonor respiró hondo, tragó saliva y levantó la vista. Tenía las facciones tensas, una expresión de alerta contenida que Magdalena jamás le había visto en quince años.
—Magda... escúchame bien —su voz era baja, urgente, despojada de cualquier tono festivo—. ¿Has tenido molestias al orinar estos últimos dos o tres días? ¿Pinchazos, dolor sordo en los riñones, sensación de fuego en la pelvis? Piénsalo bien.
Magdalena frunció el ceño, aturdida por la gravedad de la pregunta en medio del ritual prequirúrgico.
—No... no lo sé, Leonor. Ayer por la tarde, en el estudio, sentí un escozor raro cuando fui al baño. Pero pensé que era por la medicación. Tomo cuatro comprimidos de furosemida al día, tomo espironolactona, tomo potasio... Siempre tengo la vejiga irritada y seca. No le di importancia. No tenía fiebre.
—La orina está séptica, Magda —dijo Leonor, y la palabra cayó como una losa de granito sobre la camilla—. Hay piuria masiva. Hay sedimento purulento visible a simple vista y los nitritos están disparados al techo.
La anestesista se detuvo con la jeringa de fentanilo en el aire. Miró el depósito transparente con una expresión de horror profesional.
—Dios bendito... —murmuró la médica, retirando los dedos del catéter de Magdalena como si quemara—. Si hay infección bacteriana activa en la orina con sedimento franco, no podemos inducir. Anularle las defensas con fármacos masivos la mataría en quirófano.
—Voy a mandar muestras de urgencia absoluta a microbiología —dijo Leonor con voz firme, recuperando el mando operativo—. Dos tubos de sedimento fresco para tinción de Gram directa y citometría rápida.
Con movimientos mecánicos y rápidos, Leonor aspiró diez mililitros del depósito con una jeringa estéril y los trasvasó a dos tubos cónicos de fondo rojo. Sacó un rotulador indeleble de su bolsillo y escribió sobre las etiquetas adhesivas en letras grandes y tajantes:
`ALERTA MÁXIMA TRASPLANTE — PARADA QUIRÚRGICA — UROCULTIVO URGENTE, GRAM Y SEDIMENTO DIRECTO — BOX 4 AISLAMIENTO`
Tomó los tubos, salió a la carrera por la esclusa de doble puerta hacia el pasillo central y los encajó en la cápsula acolchada del correo neumático. Presionó la combinación de tres dígitos que asignaba prioridad crítica al laboratorio central de microbiología, en el sótano -2, y bajó la palanca metálica.
Un estampido de aire comprimido sacudió la tubería y el cilindro salió despedido hacia los abismos del hospital con un silbido de succión furioso.
En el quirófano cuatro, al otro lado del cristal plomado, los cirujanos se frotaban los antebrazos con esponjas antisépticas al compás de un concierto de violín de Vivaldi que salía por los altavoces de techo. En el Box 4, Magdalena yacía inmóvil, con el tórax teñido de marrón, el catéter en la yugular palpitando al ritmo de su corazón agónico y los ojos fijos en el reloj digital, mientras sentía que el suelo bajo su camilla empezaba a resquebrajarse en una sima sin fondo.
Capítulo 3
La rampa de urgencias
Sobre la mesa auxiliar de acero quirúrgico, a menos de tres metros de la cabecera de Magdalena, descansaba la caja isotérmica de transporte de órganos. Era un cajón rígido de plástico azul marino, con cantoneras reforzadas de aluminio, el emblema circular en relieve de la Organización Nacional de Trasplantes y tres precintos de seguridad de policarbonato rojo sellando la tapa hermética. Dentro, sumergido en una solución de preservación de Wisconsin a cuatro grados centígrados, el corazón de un muchacho de veintidós años esperaba el momento exacto de ser transferido al campo estéril.
El zumbido del aire acondicionado del antequirófano se convirtió de pronto en el único sonido de la sala.
La compuerta batiente con visor de cristal plomado se abrió hacia adentro con un crujido seco. El doctor Aranda, jefe del comité médico de trasplantes y decano de la unidad de insuficiencia cardíaca avanzada de San Jerónimo, cruzó el umbral. No llevaba puesta la mascarilla quirúrgica, sino colgada del cuello sobre su bata blanca cerrada. Traía el ceño fruncido en una línea dura y en la mano derecha sostenía una tira de papel térmico continuo recién arrancada de la impresora del laboratorio de microbiología.
El doctor Aranda se detuvo a un palmo de la barandilla metálica. No se sentó ni buscó un tono conciliador.
—Tenemos el informe urgente de microbiología directa —anunció con una gravedad aséptica, leyendo de la tira de papel—. Tinción de Gram urgente sobre sedimento centrifugado: cocos grampositivos en cadenas cortas, catalasa negativa, con recuento en citometría de flujo que supera ampliamente las cien mil unidades formadoras de colonias por mililitro y más de ciento cincuenta leucocitos por campo de gran aumento. Se trata de un *Enterococcus faecalis* invasivo y activo en el tracto urinario.
Magdalena intentó incorporarse en la camilla con un movimiento brusco. La línea arterial de la muñeca tiró del soporte de suero y la fijación del catéter yugular le dio un tirón doloroso en el cuello, pero ni siquiera lo sintió.
—Doctor Aranda... escúcheme, por favor —suplicó, y su voz sonó desgarrada, quebrando el aire frío del cubículo—. No tengo fiebre. No siento dolor en los riñones. Solo era una molestia leve al orinar, nada más. Pónganme vancomicina, ampicilina, gentamicina a dosis triples directamente en la perfusión mientras me abren el esternón... Llevo catorce meses esperando esta madrugada. He bajado de la sierra en una ambulancia a ciento treinta por hora. Mi corazón nativo está al catorce por ciento, doctor. Si me quitan este órgano, no voy a tener otra oportunidad.
Mateo dio un paso al frente, con las venas de las sienes marcadas bajo el gorro azul de engranajes:
—Doctor, podemos perfundir con antibiótico de amplio espectro en el cebado de la máquina extracorpórea. Yo mismo puedo preparar un filtro de hemofiltración con recambio de alto volumen para barrer la bacteriemia. En el hospital Clínico sacaron adelante a un paciente con urosepsis incipiente hace tres años. Podemos pelearlo en la mesa.
El doctor Aranda levantó una mano huesuda, deteniendo la súplica de Mateo con un gesto tajante que no admitía apelación.
—No vamos a pelear contra la biología básica, Mateo, y tú lo sabes perfectamente —la voz de Aranda no transmitía crueldad, sino esa frialdad quirúrgica de quien no puede permitirse la piedad—. No estamos ante una simple cistitis que se cure con un antibiótico en el suero, Magdalena. Escúchame con claridad. Si abrimos tu tórax ahora mismo y te implantamos ese corazón que está en la refrigerador, para que tu organismo no lo destruya en las primeras doce horas tendremos que administrarte una dosis extremas de fármacos fármacos contra el rechazo y corticoides para forzar a su cuerpo a no rechazarlo.
Aranda señaló con el dedo índice el informe térmico:
—Esos fármacos reducen tus linfocitos a cero absoluto. Dejan a tu sistema inmunitario ciego, sordo y desarmado. En cuanto restauremos la circulación y la sangre empiece a correr por las suturas aórtica y pulmonar, ese enterococo que ahora tienes acantonado en la vejiga pasará al torrente circulatorio en cuestión de minutos. Colonizará las líneas de sutura vascular, el membrana del corazón y el miocardio recién implantado antes de veinticuatro horas. Entrarías en un shock séptico refractario fulminante. Morirías de una urosepsis masiva e incontrolable en la reanimación antes de que pudiéramos si quiera retirar la intubación orotraqueal.
El silencio volvió a caer sobre la estancia, pesado como el plomo.
—Las guías de la Sociedad Internacional de Trasplante de Corazón y Pulmón y las salvaguardias estrictas de la ONT no admiten excepciones —sentenció Aranda, bajando la voz con una firmeza lapidaria—. La presencia de un foco bacteriano activo con piuria franca es una contraindicación absoluta, irrevocable y excluyente. Proceder con el trasplante en estas condiciones no sería un acto heroico, Ruiz. Sería una negligencia médica con resultado de muerte previsible. Y yo no voy a autorizarlo.
Magdalena miró a Leonor. La supervisora de UCI tenía los ojos anegados en lágrimas silenciosas; se mordía el labio inferior, incapaz de sostener la mirada de su amiga. Mateo apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, temblando de impotencia.
Aranda no esperó a que asimilaran el golpe. Sacó su teléfono institucional del bolsillo de la bata, marcó una marcación rápida de cuatro cifras y pulsó el altavoz con la frialdad de quien ejecuta una orden de ejecución administrativa.
—Guardia central de la ONT, habla el doctor Aranda desde el Hospital San Jerónimo de Madrid —dijo al aparato—. Abortamos el procedimiento quirúrgico de la receptora número uno en código de urgencia nacional. Contraindicación biológica sobrevenida: infección activa del tracto urinario por germen piógeno con riesgo séptico inasumible. Reasignen de inmediato el corazón donante al siguiente candidato en lista cero subsidiaria.
Al otro lado del altavoz, una voz limpia y metálica respondió sin vacilar:
—Recibido, San Jerónimo. Desestimación confirmada en sistema. El corazón con código ONT-7704 queda reasignado con carácter prioritario al Hospital Universitario La Fe de Valencia. Hay un paciente varón de cuarenta años en shock cardiogénico asistido con soporte circulatorio mecánico de emergencia en su UCI. El equipo extractor de Valencia ya ha sido notificado y el avión sanitario en Torrejón se mantiene con turbinas en marcha para enlazar con Manises. El tiempo de traslado contra reloj: es de dos horas y cuarenta minutos. Entreguen el órgano a la custodia del SUMMA.
—Procedemos a la entrega —concluyó Aranda, colgando el teléfono.
La puerta batiente se abrió de nuevo. Entraron dos celadores acompañados por el oficial del equipo sanitario de custodia. Sin mirar a la camilla de Magdalena, con la eficiencia mecánica de quien transporta un paquete postal urgente, el primer celador comprobó los números de serie de los precintos rojos de la caja térmica azul, firmó la hoja de traspaso que le extendió Aranda y levantó el cajón por sus dos asas de goma.
Magdalena vio elevarse la caja térmica azul sobre la mesa de acero.
Vio el plástico brillante reflejando los tubos fluorescentes. Vio cómo el hombre la sujetaba contra su pecho, cómo cruzaba el umbral del antequirófano y cómo el metal de la puerta se cerraba tras él con un golpe amortiguado que retumbó en sus tímpanos.
En el quirófano contiguo, la música clásica cesó de golpe. Las enfermeras instrumentistas comenzaron a recoger los paños estériles y a cerrar las cajas de acero inoxidable con chasquidos apagados. La anestesista se acercó a la cabecera de Magdalena y, con movimientos mecánicos y una mirada compasiva que a Magdalena le quemó más que el antiséptico, empezó a retirar los apósitos transparentes de la línea arterial.
—Vamos a purgar las vías y a retirarte el catéter de la yugular, Magdalena... —murmuró la enfermera en un susurro culpable—. Te subiremos a una pieza de tránsito en la quinta planta.
Magdalena no respondió.
Yacía boca arriba sobre el hule frío, con el pecho desnudo empapado en el color oxidado del antiséptico que ya no servía para nada. Se miró las manos huesudas, las uñas violáceas que delataban la falta de sangre oxigenada, y se llevó dos dedos temblorosos a la carótida. Debajo de su piel, su corazón enfermo latía con un ritmo débil, lento y miserable, como un péndulo roto que se negaba a detenerse solo para prolongar su condena.
El patín de aterrizaje se despegó de la pintura roja del helipuerto. El aparato se elevó tres metros en el aire, se inclinó suavemente hacia el morro y viró hacia el este, ganando altura con un aullido potente que rasgó la bruma baja de Madrid.
Mateo tenía los ojos inyectados en sangre. Una vena gruesa le cruzaba la frente y apretaba la mandíbula con una rabia que parecía a punto de partirle las muelas.
—Tenías razón, Magda... —murmuró al fin, con la voz ronca, raspada por la impotencia—. El universo a veces es un cabrón sin puntería.
Magdalena apoyó la mejilla en el pijama azul de su amigo. El tejido de algodón olía a sudor limpio, a café de máquina y al plástico de los tubos de perfusión que Mateo había calibrado en vano. Podía escuchar el latido de Mateo: fuerte, regular, poderoso, una bomba perfecta de treinta años que funcionaba sin esfuerzo.
—Estaba allí, Mateo... —susurró Magdalena, y las palabras le salieron impregnadas de sal—. Olía el quirófano. Sentí la antiséptico en el cuello. Tenía el corazón a tres metros de mi cabeza... Iba a volver a respirar.
Leonor levantó la vista. Tenía las mejillas húmedas, pero sus ojos oscuros conservaban una tenacidad indestructible. Le apretó los tobillos con suavidad:
—Volverá a sonar el busca, Magda. Te lo juro por lo más sagrado. Vamos a meterte piperacilina-tazobactam en vena desde este mismo minuto. Vamos a esterilizar ese urocultivo en cinco días. El doctor Aranda tendrá que devolverte al número uno de la lista antes del próximo viernes. No te vas a quedar en este pozo.
Magdalena los miró a los dos.
Vio las ojeras profundas de Leonor, el cabello despeinado bajo la cofia, el cansancio acumulado tras doce horas de guardia en la UCI. Miró a Mateo, con los hombros cargados, las manos llenas de arañazos del instrumental, el rostro envejecido cinco años en una sola noche. Y en ese instante, en el fondo más oscuro de su conciencia, una vieja herida, la más antigua y ponzoñosa de todas, se abrió con un chasquido sordo.
La memoria la arrastró dieciocho años atrás, a la cocina de su casa en Cercedilla: su padre cerrando las cremalleras de una maleta de cuero gastado bajo la luz fría de la campana extractora, incapaz de mirarla a la cara, marchándose para siempre porque no tenía el valor de ver a su única hija apagarse en salas de espera de cardiología. «No puedo soportar el olor a hospital en tu ropa, Magdalena», le había dicho antes de cruzar la cancela.
Magdalena respiró hondo, conteniendo el último temblor del diafragma. Con la manga izquierda del camisón se limpió con violencia las lágrimas de la cara, frotándose la piel hasta que le ardió. Se obligó a enderezar la espalda contra el radiador y dibujó en los labios una sonrisa torcida, seca, afilada como un bisturí.
—Bueno... mírenlo por el lado bueno —dijo, y su tono sonó tan firme, tan desconcertantemente entero, que Mateo levantó la cabeza de golpe—. Se han ahorrado tres semanas de aguantarme en reanimación con cuatro drenajes en el pecho alegándoles cada vez que me movieran la almohada. Además, el quirófano cuatro tenía una música clásica insoportable; no se puede resucitar con violines barrocos, Rivas.
Leonor la miró con el ceño fruncido, desconcertada por el cambio de registro:
—Magda, no tienes que hacer esto...
—No hago nada, Leonor. Hago inventario —replicó Magdalena, apoyando las manos en el linóleo para impulsarse hacia arriba—. Ayúdenme a subir a la cama antes de que entre la supervisora de planta y les ponga una amonestación por dejar que una paciente con insuficiencia terminal haga yoga en el suelo. Me duelen las lumbares y ese suero de antibiótico no se va a pasar solo.
Mateo la sostuvo por las axilas mientras Leonor le levantaba las piernas, devolviéndola con cuidado al colchón articulado de la 512. Magdalena se acomodó las almohadas tras la espalda, se estiró la sábana sobre el pecho y colocó las manos sobre el regazo, inmóvil, con la máscara de piedra perfectamente ajustada sobre su rostro. Había tomado su decisión: jamás volverían a verla llorar. Si la muerte venía a buscarla a San Jerónimo, la encontraría con la barbilla alta y las cuentas saldadas.
En ese preciso instante, el pestillo de la puerta sonó con un chasquido firme, autoritario y metálico.
La puerta de madera maciza se abrió de par en par.
La doctora Laura DeLuca había llegado.