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FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
FerrerBooks/Catálogo/Colección Singularidad
Portada oficial de El segundo latido
#Memoria Celular#Médicas e Investigadoras#Intriga Institucional#Amor y Reparación Ética
Extensión:310 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-02-9
Entrega:Descarga e email inmediato
Thriller Científico & Drama Psicológico WLW

El segundo latido

Un thriller biotecnológico sobre la memoria celular y la redención

Por Vera Ferrer · Editorial FerrerBooks

Tras un trasplante cardíaco de emergencia en un hospital clínico de alta complejidad, una investigadora cardiológica comienza a experimentar recuerdos y reflejos somáticos que no le pertenecen. La búsqueda de la verdad la sitúa en el centro de una red de patentes médicas oscuras y cara a cara con la mujer que custodia los secretos de ese corazón.

«El corazón no es una bomba mecánica; es un archivo de frecuencias que se niega a olvidar a quién perteneció primero.»

— El segundo latido

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El segundo latidoMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

El oxígeno prestado

El zumbido del concentrador de oxígeno era el único pulso constante en la buhardilla: un fuelle seco, mecánico, que escupía aire enriquecido con un chasquido rítmico cada tres segundos. *Shhh-clic... shhh-clic*. Magdalena Ruiz mantenía la punta del portaminas de 0,5 milímetros suspendida sobre el papel vegetal, calculando la carga térmica de una celosía solar en madera laminada de alerce. Quería que la fachada ventilada respirara de forma pasiva, que el tiro natural disipara el exceso de calor sin necesidad de aire forzado. Siempre había diseñado edificios con pulmones propios, estructuras ligeras capaces de autorregularse con la caricia del viento de la sierra. La paradoja no se le escapaba: la casa que proyectaba en el tablero disfrutaba de una ventilación impecable, mientras que su propio pecho se había convertido en un andamio a punto de derrumbarse. Eran las tres y diez de la madrugada. Afuera, sobre los pinares de Cercedilla, la lluvia de noviembre azotaba los ventanales del techo con un tableteo metálico. Dentro, envuelta en un chaleco de lana gris tres tallas más grande, Magdalena sentía el frío colarse por la juntura del marco norte. Se frotó los dedos largos y rígidos; las uñas mostraban ya ese ribete azulado, esa sombra lívida que los cardiólogos anotaban con fastidio en sus libretas. Al inclinarse dos centímetros más sobre la escuadra, la presión sobre el diafragma le oprimió el pecho y el aire se le quebró en la garganta. Soltó el lápiz. Su corazón, un músculo exhausto y dilatado que apenas era capaz de mover un hilo de sangre, galopaba a más de cien pulsaciones por minuto en reposo absoluto, desbocado en un intento estéril por alcanzar los extremos de su cuerpo helado. Magdalena apoyó la frente en el canto de madera fría de la mesa. Respiró hondo a través de la cánula de silicona, sintiendo el chorro de dos litros por minuto quemarle la nariz seca, y esperó a que la marea gris del mareo retrocediera despacio. No lloró. Había desterrado las lágrimas hacía más de un año; el llanto consumía un aire que su cuerpo simplemente no podía pagar. El busca de la Organización Nacional de Trasplantes comenzó a vibrar con una furia chirriante que hizo tintinear las plumillas. Tres pitidos agudos, estridentes y desgarradores cortaron el aire templado del estudio. *Bip. Bip. Bip.* Magdalena se quedó inmóvil. El portaminas rodó sobre el plano y cayó al suelo de madera con un chasquido sordo. Durante cuatrocientos diecisiete días había llevado ese aparato pegado a la cintura; se había duchado mirándolo de reojo desde el departamento del baño, lo había colocado cada noche sobre el velador junto al vaso de agua y los frascos de diuréticos, convenciéndose de que jamás sonaría, de que su destino era apagarse en aquella buhardilla como una vela sin corriente. La pantalla verde parpadeaba en la penumbra: `URGENCIA TRASPLANTE CARDIACO — DONANTE POTENCIAL IDENTIFICADO — CONTACTAR COORDINACION INMEDIATA — TEL 91 334 22 00` Un espasmo helado le atenazó el pecho. Las letras parecían quemarle los ojos. La esperanza, que durante meses había sido un lujo venenoso y estrictamente prohibido, la golpeó por dentro con la fuerza de un golpe ciego. Se puso en pie. El suelo pareció combarse bajo sus pantuflas. Magdalena estiró la mano hacia el teléfono fijo colgado junto a la puerta, esquivando el tubo transparente de cinco metros que la conectaba al compresor. Descolgó el auricular con dedos que temblaban de forma incontrolable y marcó la extensión directa grabada en su memoria desde el día en que firmó el consentimiento. —Coordinación de trasplantes, doctora Garrido de guardia —respondió una voz femenina al segundo tono, neutra, rápida, afinada por cientos de madrugadas de urgencia. —Soy... soy Magdalena Ruiz —dijo, y su propia voz le sonó extraña, como un susurro salido de una tubería oxidada—. Mi código es ONT-7704. El busca acaba de pitar. Al otro lado de la línea se oyó el tecleo rápido en un computador y el crujido de hojas de papel. —Hola, Magdalena. Mantén la calma y escucha con atención —la voz de la intensivista adquirió una gravedad templada—. Tenemos una donación multiorgánica efectiva en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela. Un traumatismo craneoencefálico en un hombre joven, grupo sanguíneo compatible y contextura física idéntica a la tuya. El equipo de San Jerónimo ya está en pabellón en Galicia. El corazón es viable y vuela hacia Madrid en un vuelo sanitario en menos de dos horas. Magdalena cerró los ojos. Una punzada dolorosa le atravesó las sienes. —¿Es... es definitivo? —preguntó, incapaz de retener el temblor. —Es óptimo, Magdalena. Pero el tiempo corre en contra: no podemos perder un solo minuto antes de que ese órgano empiece a sufrir. En cuarenta y cinco minutos tienes que estar ingresando al área prequirúrgica de San Jerónimo para las pruebas cruzadas de sangre y coagulación. La ambulancia de emergencia ya va saliendo hacia tu casa. No tomes agua, no comas nada sólido y ten el bolso en la puerta. ¿Estás sola en la casa? —Sí. Estoy sola. —Entonces destraba la reja de entrada ahora mismo. No queremos que los paramédicos pierdan tiempo forzando la chapa si te llega a bajar la presión. Nos vemos en el hospital, Magdalena. El tono de llamada cortada zumbó en el auricular. Magdalena colgó el teléfono despacio. Cuarenta y cinco minutos. Cayó de rodillas sobre la alfombra. —Respira, Ruiz... respira —se ordenó en voz baja, clavando las uñas en el tejido áspero. El concentrador de oxígeno, al límite del tirón de la manguera plástica, comenzó a silbar ahogado. Tenía que pasar al tubo de transporte portátil. Con movimientos torpes y desesperados, abrió el cierre de la mochila metálica, desenroscó la válvula, acopló la manguera verde y abrió el paso. El gas brotó con un chasquido gélido que le congeló las yemas de los dedos. Ajustó la rueda a tres litros y se acomodó la mascarilla sobre la nariz. El oxígeno frío le raspó la garganta con sabor a metal, pero la niebla negra que amenazaba con desmayarla retrocedió un centímetro. A través del ventanal del living, los destellos azules de las balizas comenzaron a barrer los troncos mojados de los pinos. El aullido de la sirena de la ambulancia se apagó al entrar al camino de tierra, dejando solo el chirrido de los frenos frente al portón exterior. Llegó a la puerta principal justo cuando unos nudillos golpeaban con fuerza la madera maciza. —¡Emergencias! ¡Magdalena Ruiz! Ella estiró el brazo, encontró la manilla de bronce y giró la llave con el último aliento que le quedaba. La puerta se abrió. El golpe de aire helado de la sierra y la lluvia fina le azotaron la cara al mismo tiempo que dos rescatistas con chaquetones amarillos reflectantes entraban de prisa, cargados con el monitor y la camilla plegable. Magdalena perdió el equilibrio hacia adelante, pero unos brazos firmes la atajaron antes de que tocara el suelo. —Tranquila, Magdalena, la tenemos —dijo el paramédico, pasándole un brazo bajo los hombros con una calma infinita—. Ya estamos aquí. Despacio. Magdalena lo miró con los ojos muy abiertos por la falta de aire, apretando la manga reflectante con dedos que ya no respondían. —San Jerónimo... —alcanzó a susurrar, mientras sentía cómo la levantaban en vilo sobre la lona—. Tienen... tienen mi corazón. Apenas diez minutos después, la suspensión neumática de la UVI celular absorbía las irregularidades del asfalto con un balanceo sordo. A ciento treinta kilómetros por hora bajo el aguacero, el mundo exterior no era más que una masa líquida y distorsionada: estelas anaranjadas de camiones pesados que cruzaban el parabrisas trasero y el resplandor cobalto de los rotativos de emergencia barriendo las pantallas acústicas de la M-30. Dentro del habitáculo reinaba una luminosidad quirúrgica y helada. El zumbido de la calefacción de techo luchaba contra la corriente húmeda que se filtraba por la mampara de la cabina de conducción. —Presión arterial ochenta y cinco sobre cincuenta y cinco —cantó el técnico del soporte vital, ajustando el velcro del manguito automático que se desinflaba con un siseo prolongado en el brazo izquierdo de Magdalena—. Frecuencia cardíaca en ciento doce, rítmica dentro de su extrasistolia habitual. La saturación ha remontado al noventa y cuatro por ciento con la reservorio. Aguanta bien, Magdalena. Cerró los ojos. El eco de los neumáticos sobre el pavimento encharcado se transformó, en su cabeza, en el rumor lejano de los pasillos del Hospital Universitario San Jerónimo. Para cualquier otra persona, San Jerónimo era un mastodonte de hormigón setentero, un laberinto de consultas saturadas y olor a café de máquina averiada. Para ella, era su verdadera casa, el paisaje donde se había medido el crecimiento de sus huesos. Recordaba con una nitidez dolorosa los inviernos de su infancia en la cuarta planta de pediatría: el olor a cera de limón en el suelo recién pulido a las seis de la mañana, el traqueteo de los carros térmicos de desayuno y las largas tardes en que, conectada a un gotero con furosemida que parecía no acabarse nunca, dibujaba secciones transversales de presas y puentes atirantados en las servilletas de papel que le subían de la cafetería. Fue ella quien, cinco años más tarde, cuando Mateo ya dominaba los circuitos de las bombas extracorpóreas y el hospital amenazaba con devorarle la juventud, descubrió cómo miraba a Leonor Méndez en los cambios de turno de la UCI quirúrgica. Recordaba la tarde exacta: esperó a que Mateo entrara en el vestuario de quirófano a dejar su taquilla, atrancó la puerta exterior con el pestillo de limpieza y le pasó una nota doblada en cuatro bajo la ranura: *«O sales y le pides el teléfono a la supervisora Méndez antes de las tres de la tarde, o le digo al jefe de servicio que usas los filtros de hemoconcentración para destilar café turco»*. Mateo había salido rojo como un tomate, pero a las tres y cuarto estaba tomando un cortado con Leonor en la terraza húmeda del pabellón de anatomía patológica. La sanitaria, una mujer de unos cuarenta años con ojos comprensivos tras unas lentes de marco azul, vio el cambio en su mirada y le apretó con suavidad los dedos enguantados. —Ya estamos tomando la salida de O'Donnell, Magdalena —le dijo en un tono cálido, casi confidente—. El quirófano cuatro ya está bloqueado para ti y el helicóptero con el órgano tiene pista libre en la azotea. Estás a diez minutos de tu nuevo corazón. Aguanta el último tramo. Magdalena asintió despacio. La mirada se le aclaró, libre de la niebla gris que la había acompañado durante meses. —Estoy lista —respondió con un hilo de voz que no vaciló—. Llevo media vida preparándome para este viaje. La UVI celular dio un volantazo cerrado hacia la izquierda. Las ruedas chirriaron sobre el hormigón rugoso de la rampa subterránea de urgencias de San Jerónimo. El vehículo se detuvo con una sacudida seca, el motor diésel se apagó y las puertas traseras se abrieron de par en par a la noche madrileña. El olor inconfundible del hospital —ozono, caucho mojado, detergente hospitalario y el calor estéril de los conductos de ventilación— entró en una ráfaga envolvente. Magdalena inhaló aquel aire familiar, cerró los puños sobre las sábanas de la camilla y dejó que la impulsaran hacia la luz blanca de los pasillos.

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