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Portada oficial de Ghosting Detective: El simulacro de las setenta y dos horas
#Cuenta Regresiva#Secreto Cruzado#Alta Tensión Afectiva
Extensión:295 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-05-0
Entrega:Descarga e email inmediato
Thriller Relacional & Suspense WLW

Ghosting Detective: El simulacro de las setenta y dos horas

Caso 02 · El protocolo del silencio perfecto

Por Alessandra Viel · Editorial FerrerBooks

Setenta y dos horas exactas: esa es la ventana psicológica en la que un mensaje sin responder pasa de descuido a fuga premeditada. Cuando una ejecutiva corporativa desaparece en medio de una auditoría afectiva y financiera, Amanda Reyes descubre un juego de identidades cruzadas donde nada es lo que parece.

«A las setenta y dos horas, el silencio deja de ser un descuido y se transforma en una declaración formal de huida.»

— Ghosting Detective: El simulacro de las setenta y dos horas

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Ghosting Detective: El simulacro de las setenta y dos horasMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

La calma y el molino

*Punto de vista: Matilde Silva* La luz de las diez de la mañana entraba filtrada por las hojas anchas de la parra del patio interior, proyectando sombras temblorosas sobre el piso de parqué encerado. Había en ese rincón de la casona una densidad vegetal y pacífica que amortiguaba el zumbido lejano del tráfico de avenida Salvador: el aroma a café recién tostado por Nicolás se mezclaba con el olor a madera noble, a lavanda seca en un jarrón de greda y a ese polvo limpio del papel de archivo que Javiera siempre traía pegado a la ropa. Me quedé un momento de pie junto al escritorio de nogal, pasando la yema del pulgar sobre el borde biselado del marco de roble que colgaba en el muro principal. *«Matilde Silva — Licenciada en Psicología, Universidad de Chile. Distinción Máxima»*. Todavía me costaba asimilar que el cartón fuera real, que la firma del decano estuviera seca y que los cuatro años de parálisis tras la barra de café hubieran terminado por transformarse en ese espacio propio. No era una clínica aséptica con olor a desinfectante ni un diván pretencioso de Providencia: dos sillones anchos tapizados en lino gris plomo, una alfombra de lana rústica tejida a telar en Chiloé, una mesita baja con una tetera de hierro fundido y una biblioteca pequeña donde convivían los tomos de John Bowlby y Pauline Boss con ensayos sobre duelo ambiguo y manuales de peritaje en redes abiertas. Acomodé los lápices pasta en el cubilete de cerámica, ajusté el chaleco de cotelé beige sobre mi polera de algodón crudo y respiré hondo. Por primera vez en veintiocho años, sentía que estaba exactamente en el lugar que había elegido con las dos manos. Sin embargo, mi cabeza —esa máquina rumiante que nunca aprendió a descansar del todo— insistía en buscar la falla invisible en el engranaje. Llevábamos exactamente treinta y dos días viviendo juntas en el departamento de calle Santa Isabel. Treinta y dos días de despertar con el sonido tenue de los pies descalzos de Javiera sobre la madera a las siete de la mañana, de verla atarse el pelo negro en una media cola desprolija con una pinza de carey y poner la pava de agua sobre el fuego sin hacer un solo ruido innecesario. Javiera desayunaba en silencio, cortando una manzana verde con una navaja de bolsillo mientras revisaba las fichas de encuadernación del día, con una sobriedad de monje que a mí, acostumbrada al caos verbal de mi familia y a las exigencias histéricas de mi expareja, a ratos me descolocaba por completo. En la facultad me habían enseñado que la homeostasis es el equilibrio natural de los sistemas vivos; pero cuando una ha crecido creyendo que el amor es una emergencia permanente, la paz se parece peligrosamente a una trampa. ¿Ese silencio de Javiera al pasarme la taza de café era complicidad madura, o el primer síntoma de que la convivencia empezaba a desteñir la fascinación de los primeros meses? —Si sigues mirándole la costura a ese marco, vas a desgastar el barniz, Silva —la voz profunda y burlona de Nicolás me sacó del trance. Alcé la vista. Nico asomaba la mitad del cuerpo por la puerta batiente que comunicaba el gabinete con la tostaduría del café. Traía en la mano derecha un pocillo de cerámica blanca humeante. Llevaba su delantal de lona marrón ceñido a la cintura, la barba prolija recortada con precisión geométrica y esa sonrisa franca, despejada de cualquier sombra, que lo convertía en el ancla indiscutible de toda la casona. —Estaba revisando la alineación del clavo —mentí, cruzándome de brazos—. Quedó dos milímetros más bajo que la repisa. Nico cruzó el umbral con pasos largos y dejó la taza sobre mi escritorio. El vapor denso desprendía notas a panela y ciruela ácida. —Mentira cochina. Conozco esa cara desde el primer año de universidad: estás maquinando rollos que no existen. Siéntate y tómate esto. Es el microlote de Nariño que calibré hace media hora. Me dejé caer en el sillón de lino con un suspiro que me vació el pecho. Cogí la taza con ambas manos, agradeciendo el calor que me devolvía la sensibilidad a los dedos. Nico se apoyó contra el borde del ventanal, mirándome con esa agudeza tranquila que había desarrollado desde que se quitó de encima la culpa absurda de su propia falta de deseo erótico. Asumirse dentro del espectro asexual no solo le había devuelto la paz; le había otorgado una lucidez casi profética para detectar las neurosis ajenas. —¿Problemas domésticos con la encuadernadora? —preguntó en un susurro cómplice. —Ninguno. Y ese es el problema —admití, sintiendo una punzada de vergüenza en las mejillas—. No discutimos por los platos, no nos estorbamos en el baño, el taller de ella funciona perfecto en la pieza del fondo y anoche cocinamos fideos con salsa mientras escuchábamos la radio. Todo es... ridículamente armónico. Nico soltó una carcajada limpia que resonó contra los vidrios. —Puta que eres complicada, Mati. Tienes una mujer que te ama, que te mira como si fueras la única persona lúcida en este país, te armaste un consultorio de lujo en mi trastienda, y estás sufriendo porque no hay platos rotos contra la pared. El amor de verdad no es una película de terror, hueona. A veces solo es tomar desayuno con alguien que no te pide que seas otra persona para no aburrirse. —No es aburrimiento, Nico. Es que... vengo de una relación donde si pasaban tres días sin un drama de estatus o un ultimátum, significaba que me estaban reemplazando por otra en el hospital. Mi sistema nervioso está programado para la catástrofe. —Pues desprográmalo —me interrumpió con cariño pero sin concesiones—. Porque Javiera no es la médica siútica que te pateó por una jefa de servicio. Javiera es de una sola pieza. Si te tiene que mandar a la cresta, te lo va a decir en la cara, no se va a quedar callada cocinando rencores. Deja de buscarle la quinta pata al gato y dedícate a atender a la gente que de verdad tiene la vida hecha pedazos. Le di un sorbo largo al café. La acidez brillante me limpió el paladar, dándole la razón sin que tuviera que admitirlo en voz alta. Nico miró hacia la vereda a través del follaje del patio y su semblante cambió de golpe. La sonrisa se le borró de la comisura de los labios, sustituida por una rigidez que le tensó los hombros. —A propósito de problemas reales —murmuró, casi para sí mismo—. Hoy en la mañana volvió a pasar el tipo del terno azul. Dejé la taza sobre el posavasos. —¿El de Inversiones Almagro? —El mismo. Sebastián Rivas. Estuvo media hora parado en la esquina de Santa Isabel con una carpeta de planos bajo el brazo, hablando con don Manuel, el dueño de la panadería. Dicen que ya compraron las dos casonas del frente y que están ofreciendo plata en efectivo para que los arrendadores terminen los contratos antes de fin de año. Quieren demoler la cuadra completa para meter dos torres de apart-hoteles con locales comerciales en la base. Sentí una punzada helada en el estómago. —Tu contrato con don Agustín vence en dieciocho meses, Nico. No pueden sacarte así como así. —Don Agustín tiene ochenta y seis años y los hijos viven en Miami, Mati. Si le ponen un cheque de quinientos millones sobre la mesa, los hijos firman la venta antes de que el viejo alcance a ponerse los lentes. No me gusta nada la cara de ese tipo. Tiene esa sonrisa de tiburón que no respeta nada que tenga más de diez años de historia. —Si intentan meterse con Grano Cero, organizamos al barrio —le dije con firmeza, enderezando la espalda—. Javiera conoce a la gente del Consejo de Monumentos y yo tengo los contactos del decanato de Arquitectura. No van a tocar esta casa. Nico asintió despacio, pero antes de que pudiera responder, tres golpes secos y apresurados sonaron contra la puerta de madera del gabinete. No era el toque discreto de un cliente habitual ni la llamada de Javiera al pasar a dejar un libro. Era un golpeteo desesperado, casi espasmódico, de alguien que teme que la puerta se esfume si deja de empujarla. Nico y yo intercambiamos una mirada rápida. Él dio dos pasos hacia atrás para colocarse junto al muro lateral mientras yo me ponía de pie y alisaba los pliegues de mi chaleco. —Pase, por favor —dije con voz clara. El picaporte bajó con violencia. La puerta se abrió de golpe y una ráfaga de aire frío del pasillo se coló en la habitación, trayendo consigo el eco de una respiración rota. En el umbral había una mujer de unos treinta años. Llevaba un abrigo largo de paño gris grafito, manchado de humedad en las solapas, y una bufanda de lana negra enrollada dos veces sobre un cuello llamativamente pálido. Tenía el cabello castaño revuelto por el viento, cortado a la altura de la mandíbula, pero lo que me paralizó fueron sus ojos: dos cuencas oscuras, hundidas en ojeras violáceas de insomnio absoluto, que me miraban con el terror salvaje de quien acaba de ver caer un avión. Apretó un teléfono celular contra su pecho con ambas manos, clavándose las uñas en los nudillos hasta dejárselos blancos. —¿Usted es Matilde Silva? —preguntó. La voz le salió áspera, rasposa, como si llevara días sin beber agua—. ¿La psicóloga que rastrea a las que se borran? —Soy yo —respondí, dando un paso adelante y señalándole el sillón frente a mí—. Pase, por favor. Cierre la puerta y tome asiento. Está a salvo aquí. La mujer no se movió de inmediato. Se quedó clavada en el piso de madera, mirándome fijamente, como si necesitara comprobar que yo no era otra ilusión de su cabeza. —Necesito que me diga una sola cosa antes de sentarme —soltó, y un temblor espantoso le sacudió la mandíbula inferior—. Necesito que me diga si estoy loca... o si ella está muerta en el fondo de un acantilado. Nico me miró por encima del hombro de la chica con los ojos abiertos de par en par. La paz del consultorio acababa de hacerse pedazos; el caso de las setenta y dos horas estaba dentro de la casa. ---

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