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FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
Muestra Oficial · Primeros 3 Capítulos Íntegros

Tango, carbón y silencio

Por Alessandra Viel·Colección Resonancia

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Muestra de Lectura
Capítulo 1

Capítulo 1: El peso de la mobila

*POV: Lucía · 1,275 palabras* El eco de sus propios pasos por el pasillo desierto de la tercera planta fue la primera señal de que el silencio, en aquel edificio de 1928, tenía peso físico. Lucía Valls dejó las llaves de forja sobre la mesa de arrimo del recibidor; el tintineo del latón resonó bajo los techos de cuatro metros con la nitidez de un disparo amortiguado. Apenas una hora antes, en la planta noble de Gran Vía Marqués del Turia, su pluma estilográfica había rubricado el contrato de incorporación a *Sendra & Asociados*. Treinta y dos páginas de cláusulas implacables, compromisos de exclusividad y una cláusula de facturación anual diseñada para triturar cualquier atisbo de vida personal. En la carpeta de piel que aún sostenía bajo el brazo descansaba la felicitación formal de Beatriz Sendra: una tarjeta con el membrete en relieve dorado donde se le daba la bienvenida a la carrera hacia la sociatura. Se descalzó despacio en el quicio del salón. El dolor en los metatarsos del pie derecho, vendados con firmeza bajo las medias opacas, despertó de inmediato: un latido sordo, caliente y familiar que trepó por el tendón de Aquiles hasta la pantorrilla. Seis años después de colgar las zapatillas de media punta y abandonar la compañía de danza para complacer el mandato dinástico de su padre, su esqueleto seguía negándose a olvidar la disciplina del salto. Caminó sobre las maderas de pino de mobila que crujieron con un quejido seco y elástico. Desde los ventanales abiertos al balcón de la calle Cádiz entraba el rumor vespertino de Ruzafa: el chirrido de las persianas metálicas de los ultramarinos al bajar, el tintineo de copas en las terrazas de la plaza del Doctor Serrano y el graznido lejano de las gaviotas cruzando el cielo anaranjado hacia el puerto de Valencia. En el centro del salón vacío se alzaban cuatro cajas de cartón precintadas con cinta adhesiva marrón. Era todo su patrimonio material tras abandonar el piso compartido de Benimaclet: mudarse a La Finca de los Cipreses formaba parte del peaje de respetabilidad que su padre exigía para una abogada de su rango. El edificio olía a yeso antiguo, a la cera de parafina con que los vecinos del inmueble pulían los pasamanos de caoba y a una corriente de aire templado que bajaba desde el tragaluz de la azotea. Lucía se pasó una mano por la nuca, intentando aflojar la tensión de los trapecios. El traje sastre de lana gris marengo le quedaba impecable, cortado a medida para disimular la anchura atlética de sus omóplatos de bailarina y proyectar la severidad que los clientes corporativos esperaban de una Valls. La vibración estridente de su teléfono móvil dentro del bolso interrumpió la quietud. Lucía miró la pantalla iluminada. El identificador no dejaba margen a la vacilación: *Don Aurelio Valls*. Contuvo el aire dos segundos antes de deslizar el dedo por la pantalla. —Padre. Buenas tardes. —Beatriz me acaba de confirmar la firma, Lucía. —La voz de su padre llegó clara, mesurada, desprovista de cualquier calidez innecesaria, modulada por cuarenta años de tribunales mercantiles y juntas directivas—. Has hecho lo correcto. Era lo previsto en los plazos que fijamos el año pasado. —Gracias, padre. El equipo de mercantil me ha recibido con mucha profesionalidad. —La cortesía en esos despachos dura lo que tarda en entrar el primer concurso de acreedores de diez dígitos —cortó don Aurelio con un chasquido suave de labios—. Mañana a las nueve empieza tu verdadero examen. Pero te llamo por el viernes. A las nueve y media en el salón de los espejos del Ateneo Mercantil. La cena benéfica de la Fundación Pro-Infancia. Lucía cerró los ojos y apoyó la frente contra el marco de madera de la ventana. Un temblor fino le recorrió los nudillos. —Padre, me incorporo mañana. El viernes estaré cerrando la auditoría previa del expediente inmobiliario que me han asignado. Voy a salir del bufete a medianoche. —El expediente lo cierras el sábado de madrugada si hace falta, Lucía. —La réplica no admitió réplica, gélida y precisa como una sentencia judicial firme—. En Valencia un abogado sin presencia social en las mesas del Ateneo es solo un peón de biblioteca. Estarán los consejeros del Banco de Valencia, los socios de Cuatrecasas y el delegado de urbanismo. Ya he reservado tu cubierto junto a la familia Sendra. No admito excusas de agenda. Un Valls no se esconde en un despacho; un Valls lidera la sala. —Entendido, padre. Estaré allí. —Y arréglate como es debido. Nada de esos conjuntos oscuros que parecen uniformes de luto. Nos vemos a las nueve y media en punto. La llamada se cortó con un clic seco. Lucía bajó el brazo despacio, dejando caer el teléfono sobre el cartón de la caja más cercana. El silencio regresó a la tercera planta, pero ya no era un espacio neutro: el salón parecía haberse encogido, aplastado por el peso de tres generaciones de juristas implacables que medían el afecto en sentencias ganadas y matrimonios de conveniencia. Inspiró hondo, llenando los pulmones con el aire de Ruzafa. Sus dedos desabrocharon con lentitud los pequeños botones de nácar de los puños de su blusa de seda cruda. Al despojarse de la americana estructurada, una repentina ligereza física le destensó las costillas, como si la tela rígida las hubiera mantenido aprisionadas. Se arrodilló junto a la caja más grande, rasgó el precinto con las uñas y sacó su primer objeto: un pequeño reproductor de música portátil y un par de zapatillas de tela desgastadas, con las cintas de satén enrolladas alrededor del empeine. Las sostuvo entre las palmas durante un instante prolongado, aspirando el olor a colofonia y cuero viejo que aún conservaban las suelas. «Un peón de biblioteca», repitió en un susurro amargo. Se levantó y recorrió el perímetro del salón. El espacio era enorme, con molduras dieciochescas restauradas en los techos y balconadas dobles que daban a la calle arbolada. En una de las paredes del pasillo descubrió un hueco rectangular tapiado con yeso: el antiguo montacargas de servicio del edificio, fuera de uso desde hacía décadas. Al apoyar la palma contra la pared, percibió una levísima vibración mecánica que subía por el núcleo de la escalera, acompañada por el rumor apagado de una radio lejana en los pisos inferiores tocando una melodía de guitarra clásica. La tarde cayó de golpe sobre Valencia, tiñendo las paredes desnudas de un tono violáceo. Lucía sacó de la caja un termo de café solo, una taza de loza blanca y un cuaderno de tapas negras donde guardaba sus anotaciones jurídicas y, en las páginas finales, esquemas coreográficos trazados a lápiz que nadie en el bufete Sendra jamás vería. Bebió un sorbo amargo, saboreando el calor contra la garganta. La Finca de los Cipreses era un laberinto señorial, noble pero envejecido, donde cada crujido parecía el suspiro de una estructura que había sobrevivido a riadas, guerras y especulaciones. Lucía se acercó a la barandilla de forja del balcón. El aire traía ráfagas marinas mezcladas con el aroma a jazmín de los patios interiores. Miró hacia abajo: en el segundo piso, las ventanas estaban encendidas con una luz cálida y vibrante, proyectando sombras de caballetes y papeles sobre los cristales. Por primera vez en meses, a pesar de la llamada de su padre y del contrato que la ataba a sesenta horas semanales de litigios, una rendija de calma se abrió en su pecho. Aquel piso era suyo. Las paredes eran gruesas, los techos se abrían al cielo y, al menos durante las horas nocturnas en que la ciudad dormía, la abogada junior de *Sendra & Asociados* podía quitarse el corsé y volver a respirar.
Fin de la Muestra Gratuita

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