FerrerBooks
FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
Muestra Oficial · Primeros 3 Capítulos Íntegros

Cifras bajo la arena

Por Fermín Cañas·Colección Memoria & Bronce (Línea MLM)

Ver Ficha Completa del Libro
Muestra de Lectura
Capítulo 1

El peso de los caudales muertos

El tambor de bronce del planímetro polar de Amsler giró con un chasquido metálico apenas audible sobre el papel milimetrado, midiendo milímetro a milímetro la curva de crecida que el río Segura había dejado en octubre de 1879. A través de la lente biconvexa de la lupa, los dígitos grabados en el vernier de plata brillaban bajo la claridad verdosa de la lámpara de mesa con una limpieza ajena al tiempo. Leandro Alarcón desplazó la aguja trazadora a lo largo de la vaguada dibujada en tinta china sin que el pulso le temblara un solo segundo. Tenía el dedo medio de la mano derecha teñido por una mancha antigua e indeleble de tinta ferrogálica de agallas, y los cristales de sus anteojos de carey reflejaban la cuadrícula rojiza del pliego como si el mundo entero pudiera reducirse a una serie convergente de integrales definidas. En el torreón alto del Archivo Hidrográfico del Segura, el otoño murciano se filtraba por las juntas de piedra caliza con un olor denso a limo estancado, pergamino ácido y aceite de linaza rancio. Eran las cuatro de la tarde del martes trece de octubre de 1942. Abajo, más allá de los pretiles del malecón, el cauce espeso y rojizo del río arrastraba cañas tronchadas por las primeras lluvias de la estación, pero a veinte metros de altura el silencio tenía la frialdad sedante de una cripta. Desde que el tribunal de depuración de la Universidad Central de Madrid lo había expulsado de su cátedra auxiliar de Cálculo de Probabilidades en la primavera de 1939, condenándolo al destierro administrativo como calculista de segunda clase bajo vigilancia militar, Leandro había aprendido a habitar aquel silencio como una fortaleza. Los números de los caudales muertos tenían una virtud que los hombres del nuevo régimen desconocían: no adulaban a los vencedores, no firmaban delaciones en los sótanos de Gobernación ni cambiaban de signo cuando sonaban las cornetas en el patio del cuartel. Tres golpes secos, descargados con la cantonera metálica de un mosquetón contra la puerta de roble claveteado, quebraron la quietud de la bóveda. Antes de que Leandro pudiera pronunciar una palabra, el picaporte de hierro cedió y el sargento de intendencia de la Comandancia Militar entró en el gabinete dejando tras de sí una corriente helada de humedad fluvial. Llevaba el capote gris salpicado de barro en los bajos y una carpeta de cartón sujeta con correas bajo el brazo. —Las tablas de escorrentía de la vega baja, Alarcón —dijo el suboficial sin quitarse el gorro de cuartel, avanzando hasta el escritorio de pino con ese paso pesado de quien necesita recordar a cada metro quién posee las llaves del edificio—. El secretario del Gobierno Civil las reclama antes de las cinco para el expediente de riegos. Leandro anotó con calma la última lectura del vernier —cuatrocientos dieciocho metros cúbicos por segundo en el pico de la riada—, guardó el planímetro dentro de su estuche de terciopelo granate y solo entonces levantó la vista hacia el militar. —Están cerradas y verificadas desde el mediodía, sargento —repuso con una voz serena, de timbre limpio y medido, desprovista por completo de servilismo o de desafío—. Tiene los tres duplicados en la bandeja de salida, junto al registro de aforos de Cieza. El sargento no tomó los pliegos de inmediato. Apoyó la palma enguantada sobre el borde de la mesa y paseó una mirada suspicaz por las reglas de cálculo Faber-Castell, los compases de bronce y los volúmenes encuadernados en tela oscura donde los apellidos de Poincaré, Liapunov y Márkov asomaban en caracteres dorados medio borrados por el uso. —Mucho libro extranjero para sumar litros de agua turbia —murmuró el militar, dando un golpecito con la uña sobre el lomo de un tratado editado en París en 1928—. No olvide que su salvoconducto de trabajo lleva el sello de libertad vigilada, Alarcón. Cada hoja numerada que sale de esta mesa pasa por la oficina de control antes de bajar al archivo. —La ley de las probabilidades que rige una crecida del río es exactamente la misma en París que en Murcia, sargento —contestó Leandro, ajustándose el puente de los anteojos de carey con el dorso del índice mientras sostenía sin parpadear los ojos pequeños del suboficial—. Y si los márgenes de error no se calculan hasta el cuarto decimal, los puentes de mampostería se desploman igual bajo el lodo, sin preguntar quién firmó el expediente. El sargento apretó las mandíbulas, incómodo ante aquella cortesía glacial en la que no había un solo adjetivo por donde clavar un parte disciplinario. Sacó del bolsillo de su capote un pequeño paquete rectangular envuelto en papel de estraza, atado con bramante gris y marcado con el tampón violeta de la censura de planta baja, y lo dejó caer con desgana sobre la esquina del tablero. —Lo trajeron hace media hora de la botica del Puente de los Peligros. El conserje Garrido dijo que era su provisión mensual de tinta de dibujo. Ya lo revisamos abajo. —Se lo agradezco —dijo Leandro, sin extender la mano hacia el paquete mientras el militar permanecía delante de la mesa. —No se acostumbre a tanta tranquilidad aquí arriba —añadió el sargento mientras recogía las carpetas de escorrentía y se dirigía hacia la puerta—. Hace diez minutos llamaron por la línea directa desde Capitanía General en Cartagena. Hay revuelo en el despacho del director y vienen automóviles oficiales en camino. La puerta de roble se cerró con un golpe sordo y los pasos claveteados se perdieron escaleras abajo por el cubo de cantería. Solo cuando el silencio volvió a espesarse bajo las bóvedas, Leandro dejó escapar lentamente el aire contenido entre las costillas. El corazón le latía con un golpe seco y frío en la base de la garganta. Desde la muerte de su padre en la prisión madrileña de Porlier dos inviernos atrás, cada mención a una llamada de Madrid o de Capitanía reabría en su memoria el cuarto sin ventanas donde el juez instructor —mientras otro hombre a quien Leandro había amado en su juventud miraba hacia el techo desde el rincón de los asesores— le había ofrecido elegir entre treinta años de presidio o el silencio perpetuo de aquel torreón. Con dedos precisos, Leandro desató el nudo de bramante del paquete enviado por la boticaria Celia Benavente. Dentro del envoltorio de estraza descansaba un frasco octogonal de vidrio ámbar lleno de tinta ferrogálica recién filtrada, envuelto en tres pliegos gruesos de papel secante blanco. Leandro separó la segunda hoja de secante y la acercó al cono de luz de la lámpara: en el margen superior izquierdo, casi invisible para cualquiera que no supiera qué buscar, había tres perforaciones minúsculas hechas con la punta de un alfiler entomológico dispuestas en triángulo isósceles. Era la señal de alerta máxima acordada con el viejo telegrafista Pascual Garrido y con Celia. No se trataba de una inspección rutinaria de riegos. Leandro se puso de pie, guardó la hoja perforada en el doble fondo de la gaveta de los logaritmos y dio dos pasos hacia el alto ventanal ojival que dominaba la ribera del Segura. Sin apartar del todo el cortinaje de damasco raído para no ser visto desde la calle, miró hacia abajo a través del vidrio empañado por la llovizna otoñal. El bramido grave de dos motores de gran cilindrada acababa de doblar la esquina del malecón, haciendo saltar el agua rojiza de los charcos sobre los adoquines del patio de honor del Archivo Hidrográfico. En cabeza se detuvo un Mercedes-Benz negro de carrocería larga con los banderines enfundados del Alto Estado Mayor; detrás estacionó un automóvil gris de la Comandancia Naval de Cartagena escoltado por dos motoristas con capote de hule. Las portezuelas se abrieron bajo la lluvia fina. Un coronel de artillería de elevada estatura descendió golpeando su bota de montar con una fusta de cuero, seguido por un civil alto, de abrigo oscuro de corte centroeuropeo, que cargaba un maletín de instrumentos y una caja metálica precintada. Pero fue el tercer hombre en bajar del asiento trasero del Mercedes quien heló la sangre en las venas de Leandro. Impecable en su uniforme de capitán de Estado Mayor, con la gorra de plato ligeramente ladeada sobre el cabello rubio y los guantes de cabritilla clara ajustándose las solapas del capote, Álvaro Peñafiel alzó la cabeza hacia la fachada de piedra y clavó los ojos directamente en el ventanal del tercer piso, como si pudiera ver a Leandro a través de los muros. En ese mismo instante, el timbre interno de bronce del torreón estalló en un repiqueteo violento contra la pared de cal. El sobresalto hizo vibrar el tablero de pino y la aguja entintada del compás accesorio rodó sobre el mapa de 1879, abriendo un borrón negro sobre el cauce dibujado del río. Por la bocina de latón del tubo acústico subió la voz jadeante del ordenanza de planta baja: —¡Señor Alarcón! ¡Baje inmediatamente al salón de juntas con sus reglas de cálculo y los registros de calibración! ¡Orden urgente del Estado Mayor! Leandro retiró la mano del cortinaje. Durante tres años había creído que su entierro en vida entre los caudales muertos del Segura bastaría para que el pasado lo diera por desaparecido. Cerró despacio la tapa de cuero de su cuaderno de probabilidades, limpió la plumilla de acero con un paño de hilo blanco hasta dejar el metal reluciente como un bisturí y caminó hacia la puerta sabiendo que la tregua había terminado.
Fin de la Muestra Gratuita

¿Quieres continuar la lectura de «Cifras bajo la arena»?

Adquiere ahora tu ejemplar completo en formato EPUB universal sin restricciones. Descarga inmediata, lectura garantizada en Kindle, Apple Books, Kobo y dispositivos móviles.

Ver Sinopsis & Detalles

Tu Carro de Lectura

FerrerBooks · Entrega Digital Inmediata

Formato:eBook Digital (.EPUB universal)
Total a pagar:
$0 CLP
~ $0.00 USD

Procesado seguro por Mercado Pago · Webpay, CuentaRUT y Tarjetas Internacionales